La primavera baja tranquila
del brazo de la tarde
por la ladera cubierta
de margaritas silvestres
que indecisas,
abren sus pétalos diminutos
y sonríen a la luz
con una mirada nueva.
Más arriba,
en lo alto del otero,
los robles centenarios saludan
con hojas relucientes
desde sus brazos retorcidos,
aún heridos
por los hachazos
de la lluvia y el viento
tan recientes.
El canto desgarrado de un tórtola
rompe el silencio.
¿A quién buscas paloma de los montes?
Pero no oye mi pregunta
y remonta el vuelo.
En lo hondo del valle
canta el agua saltando
por el minúsculo arroyuelo,
haciendo que juncos y jacintos
renazcan de su invierno
y se engalanen como novios
dispuestos
a vivir la aventura de la vida.
Pasa la tarde
y a los lejos
en el horizonte incierto,
una nube de ceniza
se dibuja solitaria.
Y yo sigo quieto,
como esperando un milagro,
y el milagro,
seré tonto, es poder vivir este momento.

