Desde el balcón
colgado al frío de la tarde,
veo como las hojas,
una a una,
caen ocres y amarillas,
tejiendo una alfombra
que el viento
cambia de lugar
caprichosamente.
Poco a poco las ramas se desnudan
dibujando un esqueleto
de brazos retorcidos y resecos.
Las hojas siguen cayendo
y en su corto vuelo silencioso
describen piruetas que se borran
cuando tocan el suelo.
En la tarde que se va
yo sigo mirando inquieto
como se escapa la vida
del árbol que llevo dentro.

